sábado, 2 de junio de 2012

EL HOMBRE NO SE CONOCE A SÍ MISMO.

EL HOMBRE NO SE CONOCE A SÍ MISMO.

El hombre no se conoce a sí mismo.

No conoce, ni sus propias limitaciones, ni sus propias posibilidades.

Ni siquiera conoce lo mucho que no se conoce.

El hombre ha inventado muchas máquinas, y sabe que una máquina complicada necesita algunas veces años de estudio cuidadoso antes de poder usarla o controlarla.

Pero no aplica este conocimiento a sí mismo, aunque él mismo sea una máquina mucho más complicada que cualquier máquina que ha inventado.

Tiene toda clase de ideas falsas acerca de sí mismo.

Ante todo, no se da cuenta de que él es verdaderamente una máquina.

¿Qué quiere decir que el hombre es una máquina?

Quiere decir que no tiene movimientos independientes, ni dentro ni fuera de él.

Es una máquina que es puesta en movimiento por influencias externas y por impactos exteriores.

Todos sus movimientos, acciones, palabras, ideas, emociones, humores y pensamientos son producidos por influencias exteriores.

Por sí mismo, es tan sólo un autómata con cierta provisión de recuerdos de experiencias previas y cierta cantidad de energía de reserva.

Tenemos que comprender que el hombre no puede hacer nada.

Pero él no se da cuenta de ello y se atribuye la capacidad de hacer.

Esta es la primera cosa falsa que el hombre se arroga.

Esto tiene que comprenderse con toda claridad.

El hombre no puede hacer.

Todo lo que el hombre cree que hace, en realidad SUCEDE exactamente como "llueve" o "nieva".

En español no hay formas impersonales de verbos que se puedan usar en relación con las acciones del hombre.

De manera que tenemos que seguir diciendo que el hombre piensa, lee, escribe, ama, odia, comienza guerras, pelea, etc.

En realidad todo ello sucede.

El hombre no puede moverse, pensar o hablar de motu propio.

Es una marioneta tirada de aquí y de allá por hilos invisibles.

Si así lo comprende puede aprender más sobre sí mismo, y tal vez entonces las cosas comiencen a cambiar para él.

Pero si no puede darse cuenta ni comprender su total mecanicidad, o si no quiere aceptarla como un hecho, no puede aprender nada más y las cosas no pueden cambiar para él.

El hombre es una máquina, pero una máquina muy peculiar.

Es una máquina que, en las circunstancias adecuadas, y con el tratamiento adecuado, puede saber que es una máquina.

Al darse plena cuenta de ello puede encontrar los medios para dejar de ser una máquina.

Ante todo, el hombre debe saber que él no es uno; él es muchos.

No tiene un Yo permanente e inmutable.

Él es siempre diferente.

En un momento es uno, en el siguiente momento es otro, en el tercer momento es un tercero, y así sucesivamente, casi sin término.

La ilusión de unidad o unicidad se crea en el hombre, ante todo, por la sensación de un cuerpo físico, luego por su nombre, que en casos normales siempre sigue siendo el mismo, y tercero, por cierto número de hábitos mecánicos que le son implantados por la educación o los adquiere por imitación.

Al tener siempre las mismas sensaciones físicas, al oír siempre el mismo nombre, y al notar en sí mismo los mismos hábitos e inclinaciones que tenía antes, se cree ser siempre el mismo.

En realidad no hay unidad en el hombre y no hay un centro de control, ni un Yo permanente.

Este es el esquema general del hombre:

Cada pensamiento, cada sentimiento, cada sensación, cada deseo, cada gusto y cada aversión es un "yo".

Estos "yoes" no están conectados entre sí, ni coordinados en forma alguna.

Cada uno depende de los cambios de las circunstancias exteriores, y de los cambios de las impresiones.

Algunos siguen mecánicamente a otro, y algunos aparecen siempre acompañados de otros.

Pero en esto no hay ni orden ni sistema.

Hay ciertos grupos de "yoes" que están ligados naturalmente.

Hablaremos de estos grupos posteriormente.

Por ahora debemos tratar de comprender que hay grupos de "yoes" ligados tan solo por asociaciones accidentales, recuerdos accidentales, o semejanzas totalmente imaginarias.

En todo momento, cada uno de estos "yoes" sólo representa a una muy pequeña parte de nuestro "cerebro", "mente", o "inteligencia"; pero cada uno de ellos pretende representar a la totalidad.

Cuando el hombre dice "yo", cree que está expresando la totalidad de sí mismo, pero en realidad, aun cuando lo pretenda, es sólo un pensamiento pasajero, un deseo pasajero.

Una hora después lo puede haber olvidado completamente, y expresar con la misma convicción una opinión, un punto de vista, o un interés opuesto.

Lo peor de todo es que el hombre no lo recuerda.

En la mayoría de los casos cree en el último yo que se expresó, mientras éste dure: esto es, hasta que otro "yo", a veces totalmente desconectado del precedente, no exprese su opinión o deseo en un tono más fuerte que el primero.


[...]


El desarrollo no puede comenzar basado en la mentira qué uno se hace a sí mismo, ni engañándose a sí mismo.


El hombre debe saber lo que tiene y lo que no tiene.


Esto significa que debe darse cuenta de que no posee las cualidades ya descritas que se arroga a sí mismo, o sea: la capacidad de hacer, la individualidad o unidad, un Yo permanente, y además Conciencia y Voluntad.


Y es necesario que el hombre lo sepa, porque mientras crea que posee estas cualidades no hará los esfuerzos apropiados para adquirirlas, exactamente como un hombre que no comprará cosas caras, pagando un alto precio por ellas, si cree que ya las posee.

OUSPENSKY

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